lunes, 7 de septiembre de 2009

Pintando la fiesta (La antesala a la década mortuoria)





















Texto que esribí para la cátedra de Taller de
Comprensión y Producción de Textos II de la UNLP

Por Guillermina Watkins

¿Qué pueden llegar a tener en común un poeta de Santa Fe y un historietista mendocino? Aunque suene lejano desde un punto de vista geográfico e ideológico, estos dos autores pintaron la década de los sesenta de una manera excepcional. Un momento en el que se movieron con total soltura diciendo lo que había que decir y como tenían que hacerlo.

Buenos Aires se los permitía. Ambos del interior, llegaron a Capital por diferentes motivos; Paco, un joven santafesino recién separado de su primer mujer y madre de sus hijos Claudia y Javier, buscaba un futuro mejor como poeta y periodista; Quino, un joven mendocino que luego de la pérdida de sus padres y de cultivar experiencia como dibujante gracias al empuje de su padrino también dibujante, decide pisar tierras bonaerenses en busca de un futuro mejor.

Los dos de principios de siglo XX – Paco nació en 1930, Quino en 1932- vivieron las constantes transformaciones del “siglo corto”. Un siglo corto pero bien agitado en el que los dos sentaron precedente. En la década del sesenta todo parecía ser una fiesta. Todo –o casi todo- estaba permitido: ya fuera del poder Perón, la Nación se debatía entre proscripciones, persecuciones y fusilamientos aislados y un crecimiento cultural que atraía a los intelectuales. A vistas del liberalismo, tenían permiso para todo.

El rock, el hippismo a la argentina y las primeras experiencias con LSD, las revoluciones sexuales, el acceso de la mujer a la vida universitaria, las modificaciones familiares, la televisión, el auge de las historietas y los grupos literarios, pero también las primeras organizaciones guerrilleras, se daban en el marco de sinuosos conflictos internacionales. No todo fue sexo, drogas y rock and roll.

La guerra de Vietnam, Argelia y la Revolución Cubana incendiaron una estabilidad política aparente. En todo el mundo las guerrillas latinoamericanas y los estudiantes de París, Berlín, México y Argentina intentaban tomar un cielo, robado, por asalto. Todo había sido puesto en cuestionamiento: hasta en la Iglesia surgían corrientes contestatarias ligadas a los intereses del pueblo. Fue también la época del “Boom Latinoamericano”- lo que los europeos denominan el realismo mágico-; Un realismo latinoamericano ficcionalizado que comenzaba a ser visto con buenos ojos desde afuera y que posicionaba a los escritores del continente en el mundo. Cortázar, Márquez y Neruda fueron sus principales exponentes.

Argentina fue parte de esa conmoción. Buenos Aires se levantaba extravagante. La calle Corrientes era el estandarte cultural elegido por muchos. Nadie imaginaba que tanto crecimiento cultural se podía esconder en el sur del planisferio. Ya no granero del mundo, pero sí granero cultural. Durante el frondizismo, mal que mal, tanto Paco Urondo como Quino, desplegaron sus críticas libremente. Las injusticias de antes, aquellas que ambos nos dibujaron, son las mismas de hoy. Cosas que aún siguen sin resolverse. De ahí, muchas veces, que nos sintamos identificados con las lecturas.

Luego de años de una pseudo-democracia que mantenía proscripto al peronismo, llegó el golpe de Estado del General Juan Carlos Onganía, la antesala del genocidio, el corte generacional, el aviso que a los sesentas, esos años de una cuasi-gloria cultural pero no política, le quedaba poco tiempo. Hippies y happenings, militantes de todas las escuelas políticas, eran coartados por los bastones largos que también castigaban a la Universidad. Cordobazo, Instituto di Tella, la CGT de los Argentinos, el periodismo de Rodolfo Walsh, los encuentros literarios en los que Paco Urondo participó activamente, las revistas literarias que surgían de estos grupos, pero sobre todo, la fuerte tendencia hacia la politización atravesaban la década.

Por estos lados, el binomio reaparecía: la civilización católica, patriótica, militarista, y el regreso del “orden y progreso”, discutían con otro nacionalismo: ese otro nacionalismo el de la tierra, la historia popular, las luchas de base y, por supuesto con un socialismo a la Argentina.

Es en esta época donde Urondo desarrolla una notable y vertiginosa producción, con resultados dispares, abarcando una amplia variedad de géneros: cine, televisión, teatro, ensayo, narrativa y poesía. De sus años en “poesía Buenos Aires”- años más “burgueses”, donde se ligó con los grupos surrealistas y vanguardistas- al momento de la revista Zona de la Poesía Americana, donde su acercamiento hacia la literatura y la realidad latinoamericana fue más fuerte y –podría decirse- definitoria para su poética y su vida.

El poema “Los Gatos”, escrito por esos años, es el que –según la crítica de literatos y periodistas- representa mejor su pensamiento sobre la década: “Los gatos/ por la noche aúllan como tambores/ derrotados, viejos, fúnebres, inmensamente buenos;/ la muerte los asiste, la eternidad vela por ellos,/ la memoria nunca abandona; los errores me salvan”.

Luego vendrían para el santafesino los años de militancia. El movimiento de intelectuales que apoya la Revolución Cubana, Pirí Lugones, Rodolfo Walsh, Marilina Ross, Cristina Banegas, Noé Jitrik, Horacio Verbitsky, Juan Gelman, su relación amorosa con Lilí Mazaferro; la entrada a Montoneros luego de la fusión de estos con las FAR; la revista Noticias, la censura; la cárcel de Devoto, la militancia compartida con sus hijos; su nueva relación con Alicia Raboy; la moral revolucionaria que le recriminaría su organización por “engaño” a Mazzaferro; Mendoza, la persecución, la pastilla de cianuro, tres tiros más, y las consecuencias del olvido.

Tanto olvido mereció Paco, que en una recopilación de la colección de "Poesía Buenos Aires" durante loa años de dictadura militar (1978), lo censurarían por poeta militante. Y la complicidad de sus editores, apretados por el yugo militar, que en 1978 decidieron excluirlo de la antología, a pesar de haber sido él uno de los fundadores del grupo literario.

Para Quino, ya radicado en Milán con su esposa, la década había sido un éxito. Había creado un personaje tan argentino y universal como el mismísimo Borges: Mafalda. La tira, que comenzó a salir en 1962, narra las peripecias de personajes infantiles que hablan del mundo adulto. Ese mundo adulto, crítico y de clase media progresista que “pintaban” un grupo de nenes y sus familias, se hizo tan famoso que en 1965 empezó a publicarse diariamente en el periódico “El Mundo”. Luego vendría su viaje a Milán, el agotamiento del autor frente a la presión diaria de la tira, los varios libros de historietas humorísticas –que nunca llegaron al grado de influencia de Mafalda- y la tranquilidad en Europa.

Pero Argentina no era la misma a comienzos de los setenta. Por eso Quino dejó de dibujar. El mundo conflictuado mostraba sus garras más feroces y la terrible inocencia de Mafalda no cuajaba en los planes de los poderosos. Tampoco la denuncia sobre la cruda realidad de la que Paco hablaba en sus poemas y menos que menos su actividad periodística. A gente como ellos les temieron los bravucones y por eso dispararon. Comenzaba en la Argentina una década sangrienta. Los sesenta fueron la antesala feliz de la muerte, el asesinato, la censura y el silencio. Años después, el olvido y las cicatrices profundas de una sociedad que aún intenta reivindicar a sus héroes.

1 comentario:

mareano dijo...

Al arte, a la política, a la belleza, a las personas, a todos les cuesta ponerse de pie. Incluso a los que nacimos después...

Sin embargo, no está todo dicho.

Buena nota...